Y muerdo, y muerdo, y muerdo y vuelvo a morder. Ya casi no queda carne que masticar en tu pequeño cuerpo retorcido. Tras saciarme de ti, de lo que queda de ti, Humbert, me habré convertido en todo aquello que tú tanto querías de mi. No siento. No lloro. No pienso. Actúo.
Cuando yo, Mardou, me encontré con mi doble, sentí la necesidad del lobo recién despertado por el hambre. Necesitaba venganza. Necesitaba seguir sintiendo mis instintos primarios. Quería seguir siendo un ser canino en busca de pieles que desollar y carne que saborear.
Con ella a mi lado, la parte más sanguinaria que casi creía inexistente, reaparecía con la fuerza de la nínfula despiadada que había dejado abandonada al inicio del viaje contigo.
Todo parece más fácil cuando se comparte. La soledad, la rabia, la ira, la incomprensión...el sexo. Con su simple presencia, acabo expulsándolo todo irremediablemente. Vomitándote en cada uno de mis actos. Eliminando la capa superficial de mi piel, porque toda ella estuvo en contacto contigo. Me hago radical, agresiva. Los colmillos crecen y hacen sangrar mis labios.
Nos dejamos llevar por todo lo que nos hiere. Eso da una terrible sensación de fuerza. Cruzamos las calles a velocidades vertiginosas y, de la mano, conseguimos elevarnos varios centímetros del cemento mientras olisqueamos esa humedad en la que estás escondido. Buscamos y olfateamos, investigamos y rebuscamos. Ella quería que volviese a ti para rematarte. Y aquí estoy. Devorándote. Ella, mientras, me masajea la espalda y me susurra: "Ya no volverá. Así es imposible que vuelva. Mátalo. Mátalo. Ya no volverá."
Ahora me relamo la sangre, mezcla de la tuya y de la mía. Y la miro desde el suelo. Me sonríe. Te tapo las cuencas de los ojos con tus párpados inservibles. Te beso la frente. Y te digo adiós.
Y aunque mi pecho consiguió apaciguarse, el problema es que ya no sé quién arrastró a quién, querida Lo. Por la noche, acurrucada entre los brazos de ella, de mi nueva Mardou, no podía evitar preguntarme: "Humbert ¿Te he matado de verdad? Lolita ¿sigues ahí?..."
Noté que sus brazos me ataban más fuerte, mucho más fuerte. Casi doliendo.
Ya no sé quién tiene el espíritu más negro en esta historia.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
lunes, 7 de diciembre de 2009
Infrahumana
Soy un ser no apto. Ni para ellos. Ni para ellas. Ni para él. Ni para ella.
De las cuatro razones que me dieron para seguir viviendo, elegí la peor. La que me lleva, míseramente, a alargar una agonía hasta el final: la autodestrucción fulminante de las células por medio de una cremación lenta de pensamientos positivos.
De los siete pecados capitales, elegí todos. Incluyendo en la lista algunos más que encontraba por el camino. Descubrí que me regodeaba en todos ellos. En los siete. Descubrí también mi habilidad para convertir los pecados veniales en mortales. Descubrí que mi único poder es autodestructivo. Mi única ventaja, lo único que me hace especial, es la facilidad para acabar conmigo misma. Por eso no tengo más razones para mantener este ligero hilo negro de vida.
Sé que ahora el Purgatorio es el único lugar que ha dejado sus puertas abiertas. El resto de piernas, las he ido cerrando tras los mordiscos y la espuma bucal que recubría la rabia con la que asesinaba a todo aquel que se me acercaba.
Menos tú, fría Mardou, cálido rojo. Muerta realidad. A ti nadie tiene que matarte. Nadie puede. Ya lo estás. Sólo revives cuando eres sincera. Y solo eres sincera con tus ojos. Tu lengua nunca expresa lo que ellos dicen con profunda intensidad.
Lo que me vuelve loca de ti es que sólo unas pocas privilegiadas podemos leerte. Y cuando te relatamos en viva voz, te vuelves intensa, más corpórea y física que nunca. Y nos besas. Me besas. Cerrando los ojos. Volviendo a la mentira. Pasando la sinceridad de tus pupilas a tus papilas gustativas. Y me gustas. Y te saboreo. Y me gustas. Y te saboreo. Porque la Mardou que a veces salía de Lolita, se ha topado con la negra Fox más voluptuosa y real que nunca: tú, viciosa.
Pero yo no soy apta. Yo me autodestruyo. Y egoístamente, quiero enredarte conmigo para caer y caer en la negritud del fin.
De las cuatro razones que me dieron para seguir viviendo, elegí la peor. La que me lleva, míseramente, a alargar una agonía hasta el final: la autodestrucción fulminante de las células por medio de una cremación lenta de pensamientos positivos.
De los siete pecados capitales, elegí todos. Incluyendo en la lista algunos más que encontraba por el camino. Descubrí que me regodeaba en todos ellos. En los siete. Descubrí también mi habilidad para convertir los pecados veniales en mortales. Descubrí que mi único poder es autodestructivo. Mi única ventaja, lo único que me hace especial, es la facilidad para acabar conmigo misma. Por eso no tengo más razones para mantener este ligero hilo negro de vida.
Sé que ahora el Purgatorio es el único lugar que ha dejado sus puertas abiertas. El resto de piernas, las he ido cerrando tras los mordiscos y la espuma bucal que recubría la rabia con la que asesinaba a todo aquel que se me acercaba.
Menos tú, fría Mardou, cálido rojo. Muerta realidad. A ti nadie tiene que matarte. Nadie puede. Ya lo estás. Sólo revives cuando eres sincera. Y solo eres sincera con tus ojos. Tu lengua nunca expresa lo que ellos dicen con profunda intensidad.
Lo que me vuelve loca de ti es que sólo unas pocas privilegiadas podemos leerte. Y cuando te relatamos en viva voz, te vuelves intensa, más corpórea y física que nunca. Y nos besas. Me besas. Cerrando los ojos. Volviendo a la mentira. Pasando la sinceridad de tus pupilas a tus papilas gustativas. Y me gustas. Y te saboreo. Y me gustas. Y te saboreo. Porque la Mardou que a veces salía de Lolita, se ha topado con la negra Fox más voluptuosa y real que nunca: tú, viciosa.
Pero yo no soy apta. Yo me autodestruyo. Y egoístamente, quiero enredarte conmigo para caer y caer en la negritud del fin.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Putrefacto
Caía agua de las estalactitas. Se acumulaba por encima de mis rodillas. Frío. Humedad. Demasiado líquido. Entumeciéndome. Volviendo a dejarme petrificada.
Había entrado allí por él. Escuchaba su lastimera voz balbuceando mi nombre en sueños. Y mi cuerpo, tras abrir los ojos que se inyectaron inmediatamente de sangre, levitó por el cuarto. Desnuda me movía siendo inerte, hacia el exterior. Los miembros no respondían a mis órdenes. Sólo a la llamada del aullante Humbert.
La patética imagen aterró al gato callejero que siempre custodia mi cuerpo. Yo, carente de vitalidad, elevada, la punta de los pies rozando ligeramente el suelo, lo justo para trazar un camino en polvo acumulado; los músculos sin fuerza, desganados, lánguidos. Cuello inservible, torcido terroríficamente hacia el lado derecho, casi desnucada, como si una soga invisible hubiese hecho su mortal trabajo.
Y él seguía llamando.
Mi cuerpo de fantasmagórica nínfula patética se adentró en la oscuridad de la profunda caverna. Los gruñidos eran cada vez más intensos. Provocaban convulsiones en mi cuerpo. Mis tejidos se empezaron a desgarrar cuando, de lejos, le intuí.
Humbert yacía en el suelo. Varias estacas de madera y plata atravesaban su cuerpo. Estaba lleno de sangre. Su rostro era prácticamente irreconocible. Entonces lo comprendí. Me gustó verle así. Verle de la manera en la que él veía a sus nínfulas. Sin rostro, sin vida, sin sentimientos, sin ser... Pero yo seguía sin reaccionar. Sencillamente estaba allí, suspendida en el aire, mirándole sin sentir.
Su cuerpo tembló varias veces a la vez que escupía sangre y pus. Algunas vísceras habían salido de su cuerpo y tendidas a su lado, se mezclaban con el agua sucia, la tierra negra y las piedras plateadas.
Entonces mis piernas tomaron contacto con el suelo. Por fin empezaba a utilizar más sentidos que el de la vista. Me acerqué con enclenques y débiles pasos. Pisé sin pudor aquellos intestinos que antes habitaban sus entrañas. Me agaché. Le tomé la mano. Con la otra limpié lo que pude de la suciedad de su cara para poder apreciar sus pupilas. Lamí la sangre que le quité del rostro.
Tras volver a notarle dentro de mí, más muerto que nunca, le miré a los ojos, fíjamente, durante lo que parecieron horas. Entonces noté una explosión dentro de mí. Algo terriblemente inevitable. No sabía qué me pasaba. Pero me reí a carcajadas... mientras lloraba amarga sangre.
Humbert moría. Y yo me reía. A su lado. Sin atreverme a soltar su mano.
Había entrado allí por él. Escuchaba su lastimera voz balbuceando mi nombre en sueños. Y mi cuerpo, tras abrir los ojos que se inyectaron inmediatamente de sangre, levitó por el cuarto. Desnuda me movía siendo inerte, hacia el exterior. Los miembros no respondían a mis órdenes. Sólo a la llamada del aullante Humbert.
La patética imagen aterró al gato callejero que siempre custodia mi cuerpo. Yo, carente de vitalidad, elevada, la punta de los pies rozando ligeramente el suelo, lo justo para trazar un camino en polvo acumulado; los músculos sin fuerza, desganados, lánguidos. Cuello inservible, torcido terroríficamente hacia el lado derecho, casi desnucada, como si una soga invisible hubiese hecho su mortal trabajo.
Y él seguía llamando.
Mi cuerpo de fantasmagórica nínfula patética se adentró en la oscuridad de la profunda caverna. Los gruñidos eran cada vez más intensos. Provocaban convulsiones en mi cuerpo. Mis tejidos se empezaron a desgarrar cuando, de lejos, le intuí.
Humbert yacía en el suelo. Varias estacas de madera y plata atravesaban su cuerpo. Estaba lleno de sangre. Su rostro era prácticamente irreconocible. Entonces lo comprendí. Me gustó verle así. Verle de la manera en la que él veía a sus nínfulas. Sin rostro, sin vida, sin sentimientos, sin ser... Pero yo seguía sin reaccionar. Sencillamente estaba allí, suspendida en el aire, mirándole sin sentir.
Su cuerpo tembló varias veces a la vez que escupía sangre y pus. Algunas vísceras habían salido de su cuerpo y tendidas a su lado, se mezclaban con el agua sucia, la tierra negra y las piedras plateadas.
Entonces mis piernas tomaron contacto con el suelo. Por fin empezaba a utilizar más sentidos que el de la vista. Me acerqué con enclenques y débiles pasos. Pisé sin pudor aquellos intestinos que antes habitaban sus entrañas. Me agaché. Le tomé la mano. Con la otra limpié lo que pude de la suciedad de su cara para poder apreciar sus pupilas. Lamí la sangre que le quité del rostro.
Tras volver a notarle dentro de mí, más muerto que nunca, le miré a los ojos, fíjamente, durante lo que parecieron horas. Entonces noté una explosión dentro de mí. Algo terriblemente inevitable. No sabía qué me pasaba. Pero me reí a carcajadas... mientras lloraba amarga sangre.
Humbert moría. Y yo me reía. A su lado. Sin atreverme a soltar su mano.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Confabuladas
La savia recorría sus labios escarlata. Poco a poco, muy lentamente, quizás demasiado para la ansiedad acuciante que se hacía paso en mis entrañas, llegó hasta su barbilla y goteó en mi pecho.
El frío contacto con aquel helado y pegajoso elemento extraño, hizo que un gran escalofrío recorriese mi columna vertebral, hueso a hueso, hasta llegarme al cuello. Justo ahí donde ya posaba sus labios.
Dejó marcas allí donde el tiempo se había encargado de borrar otras tantas. Pero éstas tendrían, por lo menos, la duración del carmín. Una duración que nunca antes había entrado en fricción con mi piel de manera ajena. Una duración que derretía mis pensamientos racionales dejando paso sólo al deseo.
Mientras, Humbert se convertía en urraca. Y se escondía, avergonzado, tras las alas mal pintadas de azabache. No soportaba la idea de que su pequeña Haze hubiese envejecido con su correspodiente sabiduría. Y trataba de llamar la atención con insoportables graznidos.
Por eso necesitaba tanto a ese otro ser, tan parecido a mí y tan diferente. A una Mardou desafiante que, contoneándose a mi alrededor, ganó algo más que mi confianza. Se hizo con mis labios. Desintegró mi pasado. Destapó mi cuerpo y me meció entre nínfulas agobiadas y solas que buscaban otros cuerpos femeninos que tocar. Con suaves manos de uñas rojas.
Sin embargo, Lolita, o lo que queda de ella, no duerme tranquila. Él no me dejará en paz. El saber que abre mis los ojos es el mismo que deja al descubierto mis córneas. Exponiéndolas al pico afilado de la vieja sabandija, que espera impaciente el momento de volver atacar. Para castigarme sin el sentido de la vista, convertirme nuevamentente, en un ser ciego y demencial.
Me agarro a su cruz invertida como única y posible escapatoria. A la cruz invertida de Mardou. Otra sacrílega asesina y bebedora de sangre fría que busca venganza. Y nínfulas que vivificar. Con carmín... y más saliva.
El frío contacto con aquel helado y pegajoso elemento extraño, hizo que un gran escalofrío recorriese mi columna vertebral, hueso a hueso, hasta llegarme al cuello. Justo ahí donde ya posaba sus labios.
Dejó marcas allí donde el tiempo se había encargado de borrar otras tantas. Pero éstas tendrían, por lo menos, la duración del carmín. Una duración que nunca antes había entrado en fricción con mi piel de manera ajena. Una duración que derretía mis pensamientos racionales dejando paso sólo al deseo.
Mientras, Humbert se convertía en urraca. Y se escondía, avergonzado, tras las alas mal pintadas de azabache. No soportaba la idea de que su pequeña Haze hubiese envejecido con su correspodiente sabiduría. Y trataba de llamar la atención con insoportables graznidos.
Por eso necesitaba tanto a ese otro ser, tan parecido a mí y tan diferente. A una Mardou desafiante que, contoneándose a mi alrededor, ganó algo más que mi confianza. Se hizo con mis labios. Desintegró mi pasado. Destapó mi cuerpo y me meció entre nínfulas agobiadas y solas que buscaban otros cuerpos femeninos que tocar. Con suaves manos de uñas rojas.
Sin embargo, Lolita, o lo que queda de ella, no duerme tranquila. Él no me dejará en paz. El saber que abre mis los ojos es el mismo que deja al descubierto mis córneas. Exponiéndolas al pico afilado de la vieja sabandija, que espera impaciente el momento de volver atacar. Para castigarme sin el sentido de la vista, convertirme nuevamentente, en un ser ciego y demencial.
Me agarro a su cruz invertida como única y posible escapatoria. A la cruz invertida de Mardou. Otra sacrílega asesina y bebedora de sangre fría que busca venganza. Y nínfulas que vivificar. Con carmín... y más saliva.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Castigada
Entré sin llamar, por primera vez, sabiendo que tú no estabas. Era consciente, lo fui en todo momento, de que si me encontrabas tendría que sufrir otro castigo. Quién sabe de qué manera. Contra la pared. De rodillas. Las manos en alto. Desnuda. Aguantando horas de sufrimiento con tus ojos clavados en mi huesuda espalda. Y, aún así, entré.
No posé mi mano en la barandilla de tus escaleras. Ensucié las falanges arrastrando todas y cada una de ellas por la pared. Al llegar arriba me detuve con los ojos cerrados. Me olí las manos: polvo, suciedad, humedad, restos de tabaco impregnado... olía a ti. Apestaba a cadáver. Y embriagada, una vez más, excitada hasta casi perder el sentido, me adentré en la habitación. En la buhardilla. Tu cueva. Tu escondrijo.
Repasé las paredes desconchadas por la continua insistencia de la brisa marina, el suelo lleno de pelos y tierra, los libros destrozados con miles de páginas dobladas y con otras miles de páginas arrancadas, tu ropa arrugada y desordenada, tus zapatos desgastados y sin brillo. El tintero lleno de tu sangre negra. Las hojas amarillentas en el escritorio. Las mismas donde escribes todas esas mentiras de embaucador: tus conjuros de atracción, la red en donde todas caemos.
Y en ese momento, cuando empezaba a recordar algunas de las fatales palabras que hablaban de extraterrestres y de árboles desnudos bajo los que crecer, y desnudarnos, y creer, y olvidarnos de los demás... escuché leves gritos, que parecían salidos de ultratumba. Me agaché. Posé mi rostro en el suelo y las escuché claramente: eran ellas, las otras. Pedían ayuda. Gritaban con insufrible exasperación.
Arranqué la madera podrida del sueño y allí estaban. Tan débiles. La extrema delgadez desfiguraba sus rostros y sus cuerpos. Desde las cuencas de sus ojos me pedían clemencia. Yo sólo pude derramar lágrimas sobre sus desnudos y mugrientos cuerpos, que ellas aprovecharon para beber, abriendo sus inútiles mandíbulas. Lloré mucho más tiempo. Porque yo sabía, sí, lo sabía desde siempre, que me estaba viendo en un espejo. Ellas eran yo en un futuro no muy lejano. Ellas eran yo y yo siempre fui ellas.
La angustia de ver aquello que sospeché durante tanto tiempo, fue inaguantable. Y tras quedarme sin lágrimas me desmayé del dolor de corazón. Cuando desperté, ellas seguían bebiendo mis lágrimas. Esta vez, lamiendo mis ojos. Ya había caído. Él ya me había empujado.
Estaba allí, debajo del mismo suelo por donde él reptaba acompañado de alguna aniñada nínfula, acompañado de alguna futura víctima. Estaba allí. En mi tumba. La que yo cavé cerrando los ojos y dejándome embriagar noche tras noche. Estoy allí. Sin ropa. Porque la falta de alimento me convierte poco a poco en una alimaña. Estaré allí. Entre ajadas nínfulas envejecidas que clamaremos agua, carne... que te seguiremos clamando a ti.
Así es como llegué aquí. Cómo Lo ya no es Dolores, ni Lolita.
Ahora soy un saco de huesos más entre tu amplia colección de esqueletos.
No posé mi mano en la barandilla de tus escaleras. Ensucié las falanges arrastrando todas y cada una de ellas por la pared. Al llegar arriba me detuve con los ojos cerrados. Me olí las manos: polvo, suciedad, humedad, restos de tabaco impregnado... olía a ti. Apestaba a cadáver. Y embriagada, una vez más, excitada hasta casi perder el sentido, me adentré en la habitación. En la buhardilla. Tu cueva. Tu escondrijo.
Repasé las paredes desconchadas por la continua insistencia de la brisa marina, el suelo lleno de pelos y tierra, los libros destrozados con miles de páginas dobladas y con otras miles de páginas arrancadas, tu ropa arrugada y desordenada, tus zapatos desgastados y sin brillo. El tintero lleno de tu sangre negra. Las hojas amarillentas en el escritorio. Las mismas donde escribes todas esas mentiras de embaucador: tus conjuros de atracción, la red en donde todas caemos.
Y en ese momento, cuando empezaba a recordar algunas de las fatales palabras que hablaban de extraterrestres y de árboles desnudos bajo los que crecer, y desnudarnos, y creer, y olvidarnos de los demás... escuché leves gritos, que parecían salidos de ultratumba. Me agaché. Posé mi rostro en el suelo y las escuché claramente: eran ellas, las otras. Pedían ayuda. Gritaban con insufrible exasperación.
Arranqué la madera podrida del sueño y allí estaban. Tan débiles. La extrema delgadez desfiguraba sus rostros y sus cuerpos. Desde las cuencas de sus ojos me pedían clemencia. Yo sólo pude derramar lágrimas sobre sus desnudos y mugrientos cuerpos, que ellas aprovecharon para beber, abriendo sus inútiles mandíbulas. Lloré mucho más tiempo. Porque yo sabía, sí, lo sabía desde siempre, que me estaba viendo en un espejo. Ellas eran yo en un futuro no muy lejano. Ellas eran yo y yo siempre fui ellas.
La angustia de ver aquello que sospeché durante tanto tiempo, fue inaguantable. Y tras quedarme sin lágrimas me desmayé del dolor de corazón. Cuando desperté, ellas seguían bebiendo mis lágrimas. Esta vez, lamiendo mis ojos. Ya había caído. Él ya me había empujado.
Estaba allí, debajo del mismo suelo por donde él reptaba acompañado de alguna aniñada nínfula, acompañado de alguna futura víctima. Estaba allí. En mi tumba. La que yo cavé cerrando los ojos y dejándome embriagar noche tras noche. Estoy allí. Sin ropa. Porque la falta de alimento me convierte poco a poco en una alimaña. Estaré allí. Entre ajadas nínfulas envejecidas que clamaremos agua, carne... que te seguiremos clamando a ti.
Así es como llegué aquí. Cómo Lo ya no es Dolores, ni Lolita.
Ahora soy un saco de huesos más entre tu amplia colección de esqueletos.
domingo, 18 de octubre de 2009
Cava profundo, por mí
"Fue un error tenerte, sin querer" dijiste mientras el sudor se escapaba de tu sien. Hacías verdaderos esfuerzos por negarme. Querías salir de mi habitación... pero necesitabas quedarte allí dentro. Es muy jodido que la mente y el cuerpo bifurquen sus decisiones, haciéndonos temblar y sufrir para decantarnos por una opción.
Yo seguía tirada en la cama. Esperando que el sueño me salvase de mi depredadora mente, lo único que quedaba vivo en este cuerpo inerte.
Y sólo lloré cuando olí los restos de tu presencia en la almohada. Y entonces, desnuda e inválida, sintiéndome tonta y absurda, rememoré el momento en el que verdaderamente fuiste sincero. Cuando te quedaste dormido, sin más. Pero a mi lado. Sin soltarme.
Quiero y necesito que se acabe esta flemática situación, en la que por más que toso como un gato y me meto los dedos en la boca y hasta la garganta, no soy capaz de vomitarte. Te has quedado parasitariamente dentro de mí. A vivir de los pocos fluidos vitales que me quedan para querer.
Y lo que cuesta quitar este olor de tus Marlboro de la habitación. Todavía descansan a medio acabar en el cenicero. Quizás, en un rato, te fume. Calada a calada. Sintiendo que ya no puedo caer más bajo.
Yo seguía tirada en la cama. Esperando que el sueño me salvase de mi depredadora mente, lo único que quedaba vivo en este cuerpo inerte.
Y sólo lloré cuando olí los restos de tu presencia en la almohada. Y entonces, desnuda e inválida, sintiéndome tonta y absurda, rememoré el momento en el que verdaderamente fuiste sincero. Cuando te quedaste dormido, sin más. Pero a mi lado. Sin soltarme.
Quiero y necesito que se acabe esta flemática situación, en la que por más que toso como un gato y me meto los dedos en la boca y hasta la garganta, no soy capaz de vomitarte. Te has quedado parasitariamente dentro de mí. A vivir de los pocos fluidos vitales que me quedan para querer.
Y lo que cuesta quitar este olor de tus Marlboro de la habitación. Todavía descansan a medio acabar en el cenicero. Quizás, en un rato, te fume. Calada a calada. Sintiendo que ya no puedo caer más bajo.
viernes, 9 de octubre de 2009
Siempre tuya, Lolita.
Humbert volvió. Claro que volvió a mí. No necesitó excusas para enterrarme, de nuevo. Esta vez se presentó bajo la lluvia de ese maldito y tormentoso día con un cuchillo pequeño y afilado, como yo, dentro de su bolsillo. Me rasgó entera. De arriba abajo. Sin compasión. No sin antes recrearse en mi sexo y en mis pupilas que pedían que me diese, aunque sólo fuese por un día, un poco de caricias reales. De las que sientes ahí dentro. Justo entre las costillas y el estómago.
Pero el cabrón no tiene piedad cuando de sangre fresca y libidinosa se trata. Se vuelve más escamoso y más reptil que nunca. Muerde y no tiene paciencia para guardar las garras. Que sólo quieren arañar de arriba abajo. Y de abajo a arriba. Haciendo desangrar a su víctima. Inhalando los efluvios que las vísceras emanan a borbotones, junto con la sangre y el pus. Esos efluvios que provocan que todo él se estremezca de gusto. Gritando.
Le vi llegar violento y acelerado. Su respiración se entretenía paseando entre la excitación y la rabia. Yo ya sabía de qué se trataba. Qué quería. Las nínfulas lo sabemos todo de Humbert. Lo intuimos todo. Así que para cuando sacó el cuchillo y las garras, yo ya me había molestado en arrancarme la camisa, sin desabotonarla, para dejarle mi pecho descubierto a la puñalada que sabía que me merecía desde hacía tiempo. Por ilusa. En mi piel, escrito a fuego se leía “Ella se deja de querer para quererle solo a él”. Qué asco.
Antes de hincarme la primera puñalada, me miró, me olió, lamió mi cuello provocando una excitación mutua. Se quedó un minuto exacto penetrando mis ojos con los suyos. Luego llegó la sangre. Antes de la segunda, me tocó. Antes de la tercera, me masturbó. Antes de la cuarta, lloró. Yo seguía sonriendo. Sabía que ese momento tenía que llegar. Me moría de placer. Porque él estaba otra vez ahí, conmigo. Prestándome atención sólo a mí. Por fin. No había nadie más en ese momento que yo para él. Él sabía qué estaba pensando. Por eso no pudo evitar que una lágrima saliese de su globo ocular. El señor de la sangre fría se volvió tierno y frágil por una décima de segundo.
Para cuando quiso recuperarme, yo yacía inmensamente feliz en el suelo. Mis pupilas se habían apagado por ese día. Aunque el iris brillaba mirándole a él. Fulminándole. Obligándole a pensar que quizás, a quien realmente quería asesinar era a él mismo.
Echas de menos a tu nínfula y por ello no puedes evitar odiarla, Humbert. La echas de menos y te duele. Odias hacerte vulnerable ante mí. Por eso me rompes. Por eso me asesinas varias veces en el tiempo, maldito sangre fría. Para luego resucitarme. Para luego volver a engañarme. Para luego volver a odiarme. O eso me gusta pensar, para no tener que creer lo insulso y absurdo de la existencia de la niña de porcelana en este mundo.
Me llevaste por toda la habitación, cogiéndome por la cintura, arrastrándome, dejando un rastro de sangre que dibujó un semicírculo en el suelo. Te tumbaste. Posaste tu cabeza en mi pecho. Escuchando cómo mis latidos se habían escapado. Volviste a acariciarme. Cerraste mis ojos. Me besaste. Con la sangre de mi estómago me pintaste los labios y yo recordé... "Me da mucho morbo pintarle los labios a las mujeres, Lolita. Pero tú no eres y nunca serás una mujer. A mí me da morbo tenerte, Lolita". Luego me volviste a besar sorbiendo la sangre con pasión. Querías tenerme dentro una vez más.
Te levantaste. Y a mí me levantaste la falda. Pero tampoco me hiciste reaccionar.
Querido Humbert, harás todo lo posible por resucitarme. Me acariciarás la pierna desde el tobillo hasta la rodilla esperando que dé un respingo que me sonroje. Buscarás un gemido oculto entre mis piernas. Dejarás rastros de tu baba a lo largo y ancho de mi cuerpo. Te irás con otras chicas más guapas pero no más jóvenes que yo delante de mí. Me castigarás vendándome los ojos, cara a la pared, escuchándote hacerlo con las otras...
Querido Humbert... Sabes que lo haré. Que resucitaré. Aunque cada vez, quiero morir un poco más. Cada vez más, quiero dejar de sentir.Te.
Pero el cabrón no tiene piedad cuando de sangre fresca y libidinosa se trata. Se vuelve más escamoso y más reptil que nunca. Muerde y no tiene paciencia para guardar las garras. Que sólo quieren arañar de arriba abajo. Y de abajo a arriba. Haciendo desangrar a su víctima. Inhalando los efluvios que las vísceras emanan a borbotones, junto con la sangre y el pus. Esos efluvios que provocan que todo él se estremezca de gusto. Gritando.
Le vi llegar violento y acelerado. Su respiración se entretenía paseando entre la excitación y la rabia. Yo ya sabía de qué se trataba. Qué quería. Las nínfulas lo sabemos todo de Humbert. Lo intuimos todo. Así que para cuando sacó el cuchillo y las garras, yo ya me había molestado en arrancarme la camisa, sin desabotonarla, para dejarle mi pecho descubierto a la puñalada que sabía que me merecía desde hacía tiempo. Por ilusa. En mi piel, escrito a fuego se leía “Ella se deja de querer para quererle solo a él”. Qué asco.
Antes de hincarme la primera puñalada, me miró, me olió, lamió mi cuello provocando una excitación mutua. Se quedó un minuto exacto penetrando mis ojos con los suyos. Luego llegó la sangre. Antes de la segunda, me tocó. Antes de la tercera, me masturbó. Antes de la cuarta, lloró. Yo seguía sonriendo. Sabía que ese momento tenía que llegar. Me moría de placer. Porque él estaba otra vez ahí, conmigo. Prestándome atención sólo a mí. Por fin. No había nadie más en ese momento que yo para él. Él sabía qué estaba pensando. Por eso no pudo evitar que una lágrima saliese de su globo ocular. El señor de la sangre fría se volvió tierno y frágil por una décima de segundo.
Para cuando quiso recuperarme, yo yacía inmensamente feliz en el suelo. Mis pupilas se habían apagado por ese día. Aunque el iris brillaba mirándole a él. Fulminándole. Obligándole a pensar que quizás, a quien realmente quería asesinar era a él mismo.
Echas de menos a tu nínfula y por ello no puedes evitar odiarla, Humbert. La echas de menos y te duele. Odias hacerte vulnerable ante mí. Por eso me rompes. Por eso me asesinas varias veces en el tiempo, maldito sangre fría. Para luego resucitarme. Para luego volver a engañarme. Para luego volver a odiarme. O eso me gusta pensar, para no tener que creer lo insulso y absurdo de la existencia de la niña de porcelana en este mundo.
Me llevaste por toda la habitación, cogiéndome por la cintura, arrastrándome, dejando un rastro de sangre que dibujó un semicírculo en el suelo. Te tumbaste. Posaste tu cabeza en mi pecho. Escuchando cómo mis latidos se habían escapado. Volviste a acariciarme. Cerraste mis ojos. Me besaste. Con la sangre de mi estómago me pintaste los labios y yo recordé... "Me da mucho morbo pintarle los labios a las mujeres, Lolita. Pero tú no eres y nunca serás una mujer. A mí me da morbo tenerte, Lolita". Luego me volviste a besar sorbiendo la sangre con pasión. Querías tenerme dentro una vez más.
Te levantaste. Y a mí me levantaste la falda. Pero tampoco me hiciste reaccionar.
Querido Humbert, harás todo lo posible por resucitarme. Me acariciarás la pierna desde el tobillo hasta la rodilla esperando que dé un respingo que me sonroje. Buscarás un gemido oculto entre mis piernas. Dejarás rastros de tu baba a lo largo y ancho de mi cuerpo. Te irás con otras chicas más guapas pero no más jóvenes que yo delante de mí. Me castigarás vendándome los ojos, cara a la pared, escuchándote hacerlo con las otras...
Querido Humbert... Sabes que lo haré. Que resucitaré. Aunque cada vez, quiero morir un poco más. Cada vez más, quiero dejar de sentir.Te.
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